‘La pintura ayuda muchísimo, pero tristemente no puede cambiar la realidad’: Iztapalapa lucha contra la violencia


CIUDAD DE MÉXICO — Desde el teleférico, la ciudad es un mar de concreto que se extiende hasta el horizonte, interrumpido solo por algunos rascacielos y restos de volcanes antiguos. Unos 18 metros más abajo está el municipio de Iztapalapa, un laberinto de calles y callejones sinuosos, cuyas casas de bloques de cemento pueblan las colinas con un color gris insípido.

Sin embargo, en una azotea puede verse un repentino estallido de color: una mariposa monarca gigante aparece posada sobre una flor violeta. Más adelante en la ruta del teleférico más nuevo de la Ciudad de México, un tucán y una guacamaya carmesí miran a los pasajeros. Luego, en una pared de color amarillo canario, hay una joven con un vestido rojo, con los ojos cerrados en una expresión de absoluta felicidad.

La línea de 10,6 kilómetros, inaugurada en agosto, es el teleférico público más largo del mundo, según el gobierno de la ciudad. Además de reducir a la mitad el tiempo de viaje de muchos trabajadores del distrito más poblado de la capital, el teleférico tiene una atracción adicional: exuberantes murales pintados por un ejército de artistas locales que solo se pueden ver desde arriba.

“Hay varias pinturas y murales en todo el recorrido”, dijo César Enrique Sánchez del Valle, un profesor de música, que estaba tomando el teleférico hacia su casa un martes por la tarde. “Es agradable, es algo que no se espera”.

Estos murales son el último paso en un proyecto de embellecimiento del gobierno de Iztapalapa, que ha contratado a unos 140 artistas en los últimos tres años para cubrir el vecindario con casi 7,000 piezas de arte público, creando explosiones de color en una de las zonas con más crímenes de Ciudad de México.

“La población quiere rescatar su historia”, dijo la alcaldesa del municipio, Clara Brugada Molina. “Se convierte Iztapalapa en una gran galería”.

Ubicada en las afueras de Ciudad de México, Iztapalapa es el hogar de 1,8 millones de residentes, y algunos forman parte de los sectores más pobres de la ciudad. Muchos trabajan en vecindarios más ricos, y antes de la llegada del teleférico, eso significaba que tenían que realizar largos desplazamientos que duraban horas.

Como ocurre en muchas zonas urbanas de los sectores más pobres de México, Iztapalapa se ha visto afectada durante mucho tiempo por la falta de servicios básicos, como el agua corriente, y por los altos niveles de violencia, a menudo relacionados con el crimen organizado.

La iniciativa artística de la alcaldesa forma parte de un plan más amplio que busca lograr que Iztapalapa sea más segura, esta estrategia incluye la instalación de farolas que iluminan las vías principales que solían estar sumidas en la oscuridad.

Los murales representan íconos nacionales como las deidades aztecas, el líder revolucionario Emiliano Zapata y Frida Kahlo, con una pizca de turquesa en los ojos.

Pero también hay guiños a héroes más locales.

Contra un fondo escarlata con formas azules, amarillas, verdes azuladas y verde lima está la imagen de una mujer de pelo corto que le sonríe al espectador: se trata de Lupita Bautista, nativa de Iztapalapa y campeona mundial de boxeo que luce tan colorida como en la vida real.

En una mañana reciente, Bautista, de 33 años, entró en su gimnasio ataviada con zapatillas verdes fluorescentes, un gorro rosa y una sudadera teñida con los colores del arcoíris y su nombre deletreado con purpurina fucsia en la parte delantera.

“Me gusta bastante que los colores sean muy fuertes”, dijo sobre el proyecto financiado por el gobierno que, además de crear los murales, ha transformado el vecindario donde entrena en un mosaico de colores al recubrir las casas de bloques de cemento con tonos brillantes, algo que muchos residentes no pueden costear. “Le dan como mucha vida”.

Muchos conocen la historia de la infancia de Bautista en el municipio. Cuando era joven, su casa en Iztapalapa no tenía electricidad y, en las noches, solo la iluminaba el brillo de las velas. Su barrio no tenía aceras ni caminos pavimentados.

“Todo era gris”, recuerda.

Los delitos también eran un problema, y los robos y asesinatos eran tan comunes que Bautista cuenta que su madre nunca dejaba que ella o su hermana salieran de la casa a menos que fuera para ir a la escuela.

“Me daba mucho mucho mucho temor”, dijo. “Yo sentía que en algún momento me iba a pasar algo”.

Como ahora muchas avenidas están bien iluminadas, Bautista dijo que se sentía mucho más segura trotando después del anochecer.

“Yo me hice siempre corriendo entre calles”, dijo sobre su juventud cuando trotaba por las avenidas y callejones del vecindario, mucho antes de convertirse en una campeona. “Ahora una ya puede ir corriendo con más seguridad y más enfocada, y no va pensando a qué hora va a salir alguien para asustar”.

Pero, a pesar de los esfuerzos del gobierno, la mayoría de las personas de Iztapalapa viven con miedo: según una encuesta que el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática publicó en junio, casi ocho de cada diez residentes dijeron que se sentían inseguros, una de las tasas más altas de cualquier ciudad del país.

Las mujeres, en particular, se enfrentan a una violencia generalizada en Iztapalapa, que se encuentra entre los 25 municipios con más feminicidios del país. De 2012 a 2017, las cámaras de seguridad de la ciudad registraron más casos de agresión sexual contra mujeres en Iztapalapa que en cualquier otro municipio de Ciudad de México, según un informe del gobierno de 2019.

Según la alcaldesa, esa violencia de género es lo que impulsó el proyecto de iluminación y murales: la idea es crear caminos donde las mujeres pudieran sentirse seguras al caminar hacia sus casas. Muchos de los murales celebran a las mujeres, ya sean residentes como Bautista, figuras famosas de la historia y símbolos feministas.

“Tratamos de recuperar las calles para las mujeres”, dijo Brugada.

Pero no todos están convencidos de que la estrategia funciona.

Daniela Cerón, de 46 años, nació en Iztapalapa cuando solo era una comunidad accidentada, con campos abiertos donde los agricultores cosechaban sus cultivos.

“Era como un pueblito”, recuerda Cerón. “Antes se veían muy padres, eran cerros bien bonitos”.

A partir de la década de 1970, la zona comenzó a urbanizarse rápidamente.

“De un momento a otro volteabas y veías una lucecita aquí, otra lucecita allá”, dijo Cerón. “Y, de repente, pum, todo se empezó a llenar de gente”.

El aumento de la población, debido a las familias que abandonaban el centro de Ciudad de México y los migrantes procedentes de las zonas rurales, también provocó una afluencia de la delincuencia. Para Cerón, quien es transgénero, eso significó enfrentar no solo la violencia generalizada sino también el prejuicio de vivir en un vecindario religioso conservador; cada año, Iztapalapa atrae a millones de feligreses para una representación gigantesca de la crucifixión de Cristo.

“Te cargas con todo este estigma religioso”, dijo Cerón.

Dice que los murales se ven hermosos, pero no han logrado que se sienta más segura.

“No me resuelve nada que tenga una calle muy bonita y muy pintada, si a tres calles están robando y matando”, dijo.

Alejandra Atrisco Amilpas, una artista que ha pintado unos 300 murales en Iztapalapa, cree que las obras han hecho que los residentes se sientan orgullosos del lugar donde viven, pero admite que eso solo llega hasta cierto punto.

“La pintura ayuda muchísimo, pero tristemente no puede cambiar la realidad de los problemas sociales”, dijo. “Un mural no va a poder cambiar el hecho de que te interese que le estén pegando a la señora de la esquina”.

Atrisco, quien es gay, dijo que se había enfrentado a diversas actitudes conservadoras durante el proyecto, bien sea de artistas masculinos que dudaban de sus habilidades o de funcionarios locales que le impedían pintar murales con temas de la comunidad LGBT.

“Sí sobre la violencia contra la mujer, pero sobre las lesbianas no”, dijo mientras sonreía con pesar.

Sin embargo, Atrisco cree que su trabajo puede influir en la vida de los residentes porque representa a los personajes de Iztapalapa a todo color.

“Todos los días te enfrentas a un nuevo reto, todos los días un nuevo muro y una nueva historia”, dijo. “Llevas a la realidad un poco de los sueños. Te conviertes en un hacedor de sueños”.




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